Un día aburrido

19 noviembre, 2006 at 8:59 (Pensamientos)

No hay mucho que añadir al título. He hecho la compra, hemos comido, me he enfadado con mi hija por descalzarse y poco más. Y, naturalmente, cuanto menos haces menos ganas tienes de hacer nada.
Podría haber escrito algo, o haber pasado a limpio un fragmento que escribí ayer y que ayer me encantaba pero que hoy me parece simplemente pretencioso. O podría haber seguido hilvanando el esqueleto de alguna de mis historias.
O podría haber jugado más con mi hija, que crece a marchas forzadas y dentro de poco me dirá que la deje en paz cuando quiera jugar con ella, porque será demasiado mayor o porque estará cansada de que yo esté demasiado ocupada para estar con ella y se habrá buscado sus propias ocupaciones.
Tengo miedo de estar haciéndolo mal, de no saber encontrar el punto medio en que sus necesidades y las mías queden cubiertas. A veces pienso que habría hecho mejor si no la hubiera tenido, y más por ella que por mí. Pero luego la miro jugar, o cuando duerme o cuando pinta en sus cuadernos y cambio por completo de idea. Mi vida sería muy diferente sin ella, sobre todo sería más oscura.
Indudablemente tendría otra vida, en la que no vale la pena pensar ni fantasear porque no existe. A veces, a pesar de saber que nunca lo sabré, imagino que podría ver a mis amigos con toda la frecuencia que mi espíritu necesita, que mis aficiones estarían siempre bien atendidas y que, quizás, hubiera dado ya la entrada para comprarme un piso.Ni veo a mis amigos todo lo que yo quisiera, ni tengo un piso apalabrado y ni hablemos de mis aficiones, que tampoco están tan mal paradas como uno podría pensar.
Pero tampoco disfrutaría de mi familia como la disfruto ahora. No me emocionaría como me emociono por el simple hecho de encontrarme a uno de mis tíos o de mis primos por la calle. No me emocionaría como me emociono cuando mis hermanos se cruzan conmigo y hacen sonar el claxon para que los vea. Sólo saber que están ahí me pone al borde de las lágrimas. Y es muy curioso, porque no se puede decir que los vea muy a menudo, y eso que no están ni a cien kilómetros.

Y tampoco me pondría a llorar porque dos de mis hermanos están peleados por culpa de una pila de malos entendidos. Uno metió la pata callando cuando tendría que haber hablado y el otro piensa que todo lo que le afecta para mal está hecho adrede para arruinarlo, herirlo o deprimirlo, porque, indudablemente, el mundo no tiene nada más que hacer que buscar la manera de hacerle daño. Y encima no te metas ni digas nada, que es peor.
De resultas de lo cual mi madre y yo estamos obligadas a elegir a quién queremos en la mesa de Navidad porque, si bien el uno acepta la presencia del otro, el otro proclama a voz en grito que donde vaya el uno él no irá. Y yo le partiría la cara por gilipollas.
Así que hemos optado por no elegir a ninguno. Mi madre se va a pasar las Navidades más solitarias de su vida en Austria con su marido y yo me voy con mi hija a pasar la Navidad a casa de mi abuela, con barco y tren de por medio.
Me gustaría saber qué cara se les va a quedar a mis hermanos cuando no puedan pasar las Navidades con nosotros como de costumbre. Sobre todo para el pequeño, el que se niega a ir donde vaya el mayor. Espero que se sienta tan solo y abandonado que se baje del burro de una vez.
Porque hay una cosa que tengo muy clara: si no lo arreglan, por el medio que sea, seguirán siendo mis hermanos y los seguiré queriendo. Pero como el día del cumpleaños de mi hija me vea en la tesitura de elegir cuál de los dos tiene que venir, o el pequeño me diga que no viene para no estar con el mayor, ese día se acaba la broma.
Lo que me hagan a mí, la verdad, me la pela bastante, porque ofende el que puede, no el que quiere. Pero los feos que le hagan a mi hija no los perdono. Así que espero que de aquí a entonces se haya solucionado el problema o se va a multiplicar por infinito más uno.
Lo que más rabia me da es que mi hermano pequeño incluso ignora a los hijos del mayor, que no tienen culpa de nada aunque el mayor hubiera actuado realmente de mala fe. Y es el padrino del niño. Por no mencionar que mi hermano mayor no puede ejercer de padrino de mi sobrina pequeña porque mi hermano pequeño no lo permite. Cisma total.
Me dan náuseas cuando lo pienso. Y lo peor no es que lo piense, sino que lo veo. No pido una familia al estilo Mujercitas, no la soportaría. Pero ver esto es vergonzoso, porque los que lo pagan, los niños, no sólo no tienen culpa sino que además no lo entienden. Mi sobrino pregunta por su padrino y mi sobrina por el suyo, y no entienden por qué no pueden verlos.
Me entran ganas de liarme a puñetazos con ellos hasta que les entre el sentido común. Me gustaría poder hacer o decir algo que les hiciera pensar. Me gustaría soltarles un berrido que les hiciera daño en los oídos hasta hacerlos sangrar.
Me gustaría que no me doliera tanto esta puta tontería. Este puto orgullo “como me las hecho, tú y todos los tuyos lo pagaréis”. Y tanto da que los que estemos alrededor lo pasemos mal. Porque lo único que importa es que mi hermano pequeño se siente herido y traicionado y que no tiene ninguna intención de arreglarlo o de facilitarnos las cosas a los demás. Su herida es el eje alrededor de la que gira el mundo y la mima y la retuerce para que no cure nunca.Así se le atragante, puto cabrón.
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