Curioso, muy curioso

8 marzo, 2007 at 9:31 (Mamitis)

Tate, cuánto tiempo sin pasarme por aquí. Bueno, últimamente no pasaba mucho. Ahí va lo más emocionante de los últimos meses.
El otro día discutí con mi madre. Fue una discusión de madres e hijas: la madre habla ex-catedra y la hija, que pasa de los treinta, no acata esa supuesta superioridad porque ya hace tiempo que tiene sus propias ideas.
Lo que más me llamó la atención de esa discusión fue la forma en que mi madre se iba encrespando conforme se demostraba que no me convencía (principalmente por falta de argumentación) y que yo no iba a obedecer por el simple hecho de ser la figura más joven de la ecuación. No sé la cantidad de veces que tuve que decirle que no me gritara, que bajara la voz, que se calmara…
El punto de partida de la discusión fue que me enfadé con ella por mediatizar mis relaciones con el resto de la familia. Si mi hermano quiere mi coche, en lugar de pedírmelo a mí se lo pide a mi madre, la cual tiene afortunadamente el sentido común de preguntarme antes de dar ninguna respuesta. Lo que no tiene es el sentido común de decirle a mi hermano que me lo pida a mí, que soy la propietaria del bien que necesita porque el suyo está humeando en la cuneta. Esto como botón de muestra, la lista completa se remonta a hace más de veinte años y, además, no me la sé entera.
De acuerdo que no soy la persona más tratable de este mundo y que a veces muerdo (virtualmente hablando, of course), pero también soy una persona razonable que puede escuchar y hablar de un modo correcto, aunque sólo sea por no perder la razón por la manera de decir las cosas. Pues tuve la idea de llamar a mi madre para decirle que, la próxima vez, le dijera a mi hermano que me llamara a mí y, cuando se negó a ello, dije que lo haría yo. ¡Y me lo prohibió! :-O
Yo me sentía como si me hubiera metido en una película psicodélica de ésas que imitan los cuelgues del LSD y similares. En primer lugar, al menos en mi opinión, mi madre será mi madre, pero eso no la autoriza a prohibirme llamar a mis hermanos, porque son mis hermanos y porque soy mayor de edad. En segundo lugar, el único motivo que me dio es que a veces soy desagradable (como todo el mundo de vez en cuando), como si no tuviera derecho a decir lo que pienso como lo pienso cuando lo pienso. No me hubiera molestado que alguien me hubiera sacudido una buena colleja para despertarme. Era alucinante. Me llegó a chantajear con dejar a mi hija sola (la cuida ella por las tardes, hasta que yo llego de trabajar) si se me ocurría llamar a mi hermano. A mí eso me pareció una sinvergonzonería y se lo dije. Y me dijo que yo no era quién para llamarla sinvergüenza, a lo que yo no supe qué decir, porque a mí también me parecía una falta de respeto. Pero tendría que haber replicado que, si no quería que se lo llamara, no se comportara como uno.
Lo más curioso es que luego llamé a mi hermano y le pregunté por qué llamaba a mi madre en lugar de llamarme a mí y me dio una explicación la mar de razonable y NO NOS PELEAMOS NI NOS DISCUTIMOS. Hablamos como personas adultas, que a fin de cuentas es lo que somos.
Pues más tarde, ya en casa y yo en la ducha, único momento de relax, mi madre se plantó en el baño a disculparse por lo que había dicho en nuestra discusión anterior, PERO también a decirme que hago las cosas mal y que lo que yo le había dicho era aún más grave. En mi opinión, el chantaje es más grave que decir que no al chantaje, pero bueno. La cuestión es que la cosa se fue enhebrando y resulta que no tengo derecho a comunicarme directamente con mis hermanos porque hay veces en que hay que cogerme con pinzas (¿y?, pregunto). Si fuera siempre, lo entendería, pero todos tenemos momentos en que es mejor que nos dejen en paz. Pues resulta que eso da igual, yo siempre meto la pata cuando hablo y digo cosas que no hace falta decir (cuando eso creo que me compete a mí decidirlo) y, además, yo he hecho cosas que mis hermanos no han hecho y lo único bueno que he hecho en toda mi vida es tener a mi hija (palabras de mi madre). Esas cosas que mis hermanos no han hecho se remontan a hace más de diez años y hace mucho tiempo que perdieron su poder de humillación y/o control, de lo cual mi madre no parece haberse enterado.
Y yo contraataqué y le dije que, puestos a echar por la cara errores del pasado (cosa que hasta ahora yo no había hecho), cuando decidí que tendría a mi bebé, convoqué una reunión familiar para hacerlo saber a mis hermanos y prohibí a mi madre que dijera nada. Y cuando fui a anunciarlo, resultó que mis hermanos ya lo sabían. Y mi madre admitió en su momento que lo había dicho porque estaba preocupada y quería conocer la opinión de mis hermanos. Pues en el momento de la discusión me negó haber dicho nada. Me dijo que mis hermanos no lo sabían y me acusó de montarme mis propias películas.
Yo considero que quien se las monta es ella, pero en lugar de afirmarlo categóricamente, como ella hizo, sugerí la posibilidad. Y se giró para preguntarme si ahora tenía que darme dos hostias.
No lo entendí. ¿Ella puede decirme que tergiverso la realidad, pero yo no puedo sugerir que tal vez sea ella?
Sí, es mi madre, pero no es mi tutora ni tengo cinco años ni le debo un respeto exacerbado como aun diox. No es infalible, y normalmente la gente acusa a los demás de lo que ellos mismos hacen. Pero resulta que no puedo decirlo porque es mi madre. ¿Qué extraño poder psicológico supone mi madre que tiene esa figura sobre mí? ¿Qué extraña fuerza se supone que ejerce la figura materna sobre mis opiniones?
La necesito para cuidar de mi hija, pero si mi hija no estuviera allí, para lo único que necesitaría mi familia es para pasar el día con ellos de vez en cuando, porque los quiero. Luego, ¿por qué mi madre piensa que, por ser mi madre, tiene un status diferente que al del resto de los mortales? Las dos somos adultas, luego las dos somos iguales. Ella tiene más experiencia que yo y, teóricamente, debido a ello mayor sabiduría. Muy bien, eso no le permite chantajearme con dejar de ayudarme con mi hija ni le da derecho a faltarme a un respeto que no para de exigirme.
No sé si lo habré dicho antes o no, pero para mí el respeto es una calle de dos direcciones: respeto al que me respeta. De niña no, porque de niña tenía que aprender a respetar y eso sólo se aprende con la práctica. Pero cuando llegas a la edad adulta, sin dejar de respetar a nuestros padres, tenemos derecho a que ellos nos respeten. Y ellos tienen la obligación de respetarnos. Pues bien, yo a mi madre ya no la respeto porque, por más que haya hecho en el pasado, no se respeta a quien no te respeta. El respeto no es una cuenta bancaria que produce réditos por hechos respetables realizados en el pasado. Si en el presente haces cosas que no son respetables, lo que hayas hecho en el pasado te lo puedes meter por el culo, por más respetable que sea.
Pues para mi madre no es así. Aparte de ese extraño poder que parece que debe ejercer por ser mi madre (y que no sé en qué consiste), si ahora no me respeta no importa, porque me ha juzgado y ha decidido que no merezco respeto. Ella, en cambio, sí, y no para de exigírmelo en cuanto le parece que me estoy pasando un pelo. Cuando yo hago lo mismo resulta que no puedo atreverme a compararme a ella.
Yo esto no lo entiendo y, además, me he cansado de darle vueltas al asunto. En realidad, lo he puesto en el blog porque la pichicóloga piensa que debo escribir las cosas que me ocurren, adquirir esta costumbre del diario para poder analizar a posteriori. Pero no le veo el sentido, pues mi análisis actual no varía mucho del que hice mientras ocurría ni del que vengo haciendo con los años.
Por algún motivo, mi madre le otorga a la figura del progenitor un poder que no sé de dónde sale, una autoridad que se extiende sobre mí (que no sobre mis hermanos, ellos son diferentes) y que yo debo acatar aunque no vea ni entienda esa supuesta autoridad. Ser mayor de edad o adulto (que no es lo mismo), no tiene la menor importancia. Pero no me lo explica, sólo me lo exige.
A tomar por culo la bicicleta, me voy a desayunar.
Ahuriño.
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