CUENTA…

8 febrero, 2009 at 2:23 (Cuenta...)

… Que esto es un cachondeo.

Mis hermanos (uno mayor y el otro más joven que yo) se han pasado los últimos seis años diciéndome que soy una aprovechada por vivir del cuento (que viene a ser vivir en casa de mis padres), y los últimos seis meses diciéndome que soy una loca por largarme a compartir piso. Bueno, para ser justos, el pequeño no estaba de acuerdo, pero no dijo nada y se fajó los pantalones viejos para ayudarme con la mudanza.

A finales del 2008, el mayor, separado él, le comenta a mi madre que necesita recortar gastos y si le molestaría que se fuera a vivir con ella y su marido, pagando su parte de gastos, por supuesto. Mi madre, feliz ella, y con un síndrome del nido vacío así como grave, le abre las puertas, los brazos y casi que le prepara la cama también por las noches.

Bueno, digo yo, así mi madre estará contenta y tendrá un hijo en casa que la distraerá de tenerme el ojo encima. Además, mi  hermano mayor tiene dos hijos a los que tiene con él dos veces en semana y fines de semana alternos. Por mí, el plan perfecto. Mi madre tendrá un hijo y nietos que la distraigan y mi hija compañeros de juegos cuando vaya a casa de mis padres (y se querrá quedar a dormir, y como mi padre no le deja jugar a las canicas con los cataplines porque no les ha encontrado la rosca todavía…). Chapeau.

Hoy hemos ido a comer a casa de mis padres, por aquello de la pereza de meterse en la cocina y tal, y me encuentro a mi hermano el pequeño con su mujer y su hija (mi perdición y la de mis muelas, ¡ay!, qué besos, madre).

Estupendo, digo yo, ya tenemos a las dos enanas entretenidas la una con la otra.

Comemos, hablamos, café, cigarro (faltaban la copa y el puro, pero es que no nos van), y de repente me doy cuenta de que mi hermano el pequeño se acaba de mudar a casa de mi madre. Eran cuatro detalles que había captado sin darles importancia (un par de lámparas, unos guantes en la habitación del fondo…) y luego la conversación entre mi hermano y mi madre, a la que yo me he sumado sin caer en la cuenta hasta que se me ha encendido la bombillita.

¡Hostias!, le digo, ¿Te vienes a vivir a casa de mamá?

No contesta (el pequeño, por contraste con el mayor, es hombre de pocas palabras), pero su gesto indica que sí.

¡Coño! ¿Qué ha pasado?, pregunto.

Tampoco contesta, pero esta vez no es por falta de palabras, sino por discreción y reserva. Aunque sea mi hermano y él sepa que no le voy a criticar por las decisiones que tome con su vida (que para algo es suya), el tío es tan reservado que si le saliera un genio de una botella sería capaz de pedir ser mudo. Su expresión era de “qué más da lo que haya pasado, ha pasado y punto”, y tenía toda la razón.

Yo me he hecho cargo, no he hecho más preguntas, y me he mantenido al margen.

Pero luego me he puesto a pensar. O sea: este par de buitres se han pasado todo este tiempo diciendo que soy una cuentista y una golfa porque vivía bajo el techo de mis padres… y en menos de medio año desde que me fui han vuelto los dos. ¡Serán hipócritas!

Y no sólo eso. Con el mayor y los dos nietos un par de veces en semana, mi madre podría. Con los dos hijos varones que le quedan (el mediano la cascó, pero ya llegaré a eso), que además no se llevan demasiado bien, más tres nietos en casa, y encima que me ha dicho que no deje de llevar a la mía… Yo no doy dos meses antes de que la pobre pierda los papeles y nos mande a todos a tomar por saco.

No es que sea una viejecita, sólo tiene 62 años, todavía trabaja y encima aparenta maś joven. Pero le gustan sus cosas a su manera, empezando por su casa. Y estos dos caballeros que son hermanos míos se han pasado una serie de años viviendo sus vidas, en sus propias casas, y con sus asuntos a la manera que a cada uno le iba bien. ¿Y ahora se van a juntar cuatro adultos, con usos y maneras diferentes, con el agravante de que dos de ellos están en casa de mamá pero acostumbrados a hacer su vida?

No es por joder, pero para mí que mamá no les va a dejar hacer su vida. Querrá aguantarse, querrá no meterse, querrá morderse la lengua (con riesgo de envenenarse, lo que hace una madre por sus hijos, hay que ver)… Pero se acabará metiendo, porque a ella le están entrando hasta la cocina. Y ahí se armará la tercera guerra mundial en miniatura.

Mi madre me lo contará, porque, no sé por qué, parece considerarme cierta suerte de confidente y depositaria suya, y lógicamente esperará que yo tome partido por ella (lo de lógicamente va por su punto de vista, no porque se le ocurra tener en cuenta el mío). Yo la conozco a ella y conozco a mis hermanos, y además los quiero a los tres, para qué engañarnos, aunque uno de ellos sea gilipollas y la otra una metomentodo, o sea que me mantendré al margen. Mi hermano pequeño considerará que mi posición es correcta, el mayor me considera imbécil y le importa un carajo lo que piense, cuando no afirma directamente que soy incapaz de pensar, y mi madre montará la tercera guerra mundial segunda parte.

O sea: la que se va a liar. Yo ya he apuntado en la lista de la compra palomitas de mantequilla, pipas y coca-colas, por si alguno quiere apuntarse al espectáculo.

Cuando ha llegado el momento, he cogido a mi hija y me he ido, y ya se arreglarán.

Luego ha venido la parte sentimentaloide, triste y encabronada del día. No es que le eche mucha atención a esta fecha en concreto, pero hoy justamente hace 12 años que mi hermano el mediano se estrelló con un coche y se mató. En realidad, estuvo once días en coma y tal, pero nunca recuperó la consciencia y acabó de todas maneras en el cementerio, así que no sé si vale la pena puntualizar el tiempo que pasó entre su muerte y el certificado de defunción.

El caso es que mi ahijada mayor, una moza que a punto está ahora de cumplir 22 años, resultó tremendamente afectada por la muerte de mi hermano. No es que para los demás fuera una fiesta, pero para ella fue especialmente traumático, al parecer, no sé si porque se pasa de sensible o porque está programada para llamar la atención a la mínima.

Va la tía y me envía un mensaje diciéndome que está hecha polvo por el día que es (ya son ganas, marcarse en el calendario una fecha tan macabra, coño), que necesita hablar con alguien y que no quiere hablar con su madre, que también tiene lo suyo. Yo le contesto que tranquila, que no le diré nada a su madre. Al cabo de un rato, me llama.

Y me entero de que, en estos doce años que han pasado, a nadie se le ha ocurrido cogerla y contarle la historia de cómo murió mi hermano. Es decir, se ha pasado doce años sabiendo que mi hermano se mató en un accidente de coche, pero no por qué ocurrió ese accidente.

Cuando ocurrió tampoco era cuestión de llenarle la cabeza con detalles escabrosos a una cría de diez años que tenía ella en aquel momento. Pero a alguien se le podría haber ocurrido explicárselo cuando se hizo mayor, digo yo, que tampoco es tan misterioso.

Se lo he contado. Tampoco con pelos y señales porque no venía al caso, el resultado de la historia no iba a cambiar, pero al menos alguien le ha dicho lo que ella quería o creía necesitar saber. Hemos hablado otro poco y se ha calmado un poco (estaba llorando a moco tendido, la tía, y eso que el muerto era mi  hermano, no el suyo), y hemos quedado en que la acompañaré al cementerio en unos días  (joer, no voy ni a llevarle flores por mi cuenta y ahora voy a ir para hacer de paño de lágrimas, manda huevos).

Quizás esto parezca sin importancia (la conversación, no la muerte, o quizás ambas cosas), pero a mí me ha llamado la atención una cosa, y no sobre mi ahijada, sino sobre mí.

Han pasado doce años y en este tiempo he recordado muchas veces a mi hermano, su vida y su muerte, y muchas veces he tenido ganas de cogerlo por la pechera para decirle cuatro verdades (el accidente fue culpa suya, quizás otro día cuente por qué). Pero, últimamente, mis cabreos con él son más intensos. No lo recuerdo con más frecuencia que antes, y normalmente me centro en su vida, no en que está muerto. A fin de cuentas, nos criamos con él y lo que recordamos también se refiere a nuestras vidas, a lo que hacíamos y todas esas anécdotas de hermanos que tenemos en reserva los que tenemos hermanos y la hemos liado más de una vez, con ellos o contra ellos.

Pero, si antes me cabreaba con él por haberse matado como un idiota, si antes tenía ganas de cogerlo por la pechera y cantarle cuatro frescas, ahora tengo ganas de agarrarlo por la pechera y meterle un buen par de hostias que le devuelvan el sentido.

Es un pensamiento absurdo, aparte de por el palmo de estatura que me sacaba el muy cabrón, porque no tengo pechera que agarrar. Pero el pensamiento sigue ahí. Las ganas de cogerlo y preguntarle qué coño se ha pensado y dónde leches se ha dejado el cerebro, las ganas de apalizarlo hasta rematarlo y soltarle una andanada de insultos que harían ruborizar al albañil más soez de la historia de la construcción.

Estoy muy enfadada con mi hermano, no por morirse, sino por matarse. Que no lo hizo queriendo, que fue un accidente, no un suicidio, que estas cosas pasan y todos tenemos que morir tarde o temprano y todo eso. Y que además nos llevábamos como el culo y si nos aguantábamos en la misma casa era porque no teníamos dónde carajo ir.

Y que lo quería, claro que sí, como quiero a los dos hermanos que me quedan (tres, pero eso es otra historia), y a mi madre, aunque también nos llevemos como el culo y aunque mi hermano mayor piense que soy imbécil (yo le devuelvo el favor, claro, pero eso también es otra historia).

Sigo estando muy enfadada con el tontopollas de mi hermano Jesús. Porque si no hubiera cogido el coche de mi madre sin su permiso y sin carnet de conducir, nada de esto habría pasado y ahora quizás estaría contando que hoy me he peleado con él por cualquier chorrada. No sé lo que daría por poder pelearme con él por cualquier chorrada.

Al mismo tiempo, aunque lamento que esté muerto, no lamento ni un sólo segundo de mi vida. De las decisiones que he tomado y de las que me han venido impuestas. Mi vida me ha hecho como soy, y me gusto como soy. Si mi hermano siguiera vivo, hoy yo sería otra persona.

Pero qué suerte tiene el muy cabrón de estar muerto, porque si me lo cruzaba de frente lo mandaba al cementerio a base de hostias.

Esto es una especie de círculo vicioso, ¿no?

Bueno, ya está dicho. Buenas noches.

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1 comentario

  1. YoBorg said,

    Esto da para dos post… al menos. De no escribir casi nunca a ponerlo todo en el mismo post.
    Bueno, lo primero es karma, lo segundo memoria.

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