Otra vez

15 septiembre, 2009 at 11:07 (Medichina)

Sí, otra vez.

Os estaréis preguntando “¿otro homenaje moñas como el de su madre?”, y diréis “¡¡Noooorrrrr!!”.

Y yo os digo que no os preocupéis, que no van por ahí los tiros (en este caso, los cuchillos).

Hay gente que tiene imán para las situaciones ridículas, tipo “Tierra, trágame”, otros tienen imán de lo extraño… Y yo tengo imán para los accidentes idiotas: me sitúo estratégicamente mal para poder ser agredida por la puerta maletera de un coche, me caigo por las escaleras (la última vez, en un centro médico, para rematar), me piso mi propio pie y me estrello contra una pared…

Draakun dice que mi subconsciente es un cabrón que me boicotea de esta “sutil” manera para que mi situación (sea cual sea) no cambie y no tener que enfrentarme a cambios que lo desestabilicen. Teniendo en cuenta que no todos mis accidentes revisten gravedad suficiente (cuando el coche de Draakun me agredió lo máximo fue un poco de agua oxigenada y tira millas), la verdad es que lo dudo. Pero, claro, lo que cuenta para mi subconsciente (siempre según Draakun), es la posibilidad de que el accidente sea lo bastante grave como para estacionar las cosas definitivamente.

Si Draakun tiene razón, mi subconsciente va a tener que acostumbrarse a los cambios, quiera o no quiera, porque no voy a hacer nada para evitarlos. Si no tiene razón, es que simplemente soy torpe con ganas.

El accidente de hoy, ése que causa el “Otra vez” del título, ha sido de lo más ridículo y absurdo, y doloroso, también (como casi todos mis accidentes, también hay que decirlo), pero no grave.

Estaba yo en modo ama de casa on, preparando la manduca para Mini, mi padre y yo (mi madre está en Austria de viaje de trabajo, una semanita recorriendo los lugares más emblemáticos y, como ha estado allí una media docena de veces, justamente los que más le gustan). Menú de hoy, aprovechando el clima fresquito y aguado de estos días: sopa de caldo casero (hecho en casa, no de los de bote), pollo asado con patatas y fruta del tiempo. Casi como en el bar Rambo: sopa de, patatas con, fruta del tiempo, pan, gaseosa y vino peleón.

Echo la carne al agua, lavo y pelo las verduras, las corto, y justamente la zanahoria no se quería dejar y se ha vengado vilmente desviando el cuchillo hacia las tiernas carnes de mi dedo índice izquierdo, que me he fileteado alegremente al grito de “¡Uuuaaaaaahhhh!”.

El filetazo que no deja de sangrar, ni con agua, ni con jabón, ni haciendo presión ni con su puta madre en pelotas. Me envuelvo el dedo y el pellejo que le colgaba en un pañuelo y tiro para urgencias (de pac, ¿eh?, que hasta yo sé que en el hospital tienen demasiado curro para estas tonterías). En el centro médico me cogen enseguida, me limpian el corte con sus productos cuasi corrosivos que escuecen un huevo y la yema del otro y, mientras yo aprieto con una gasa para ver si la hemorragia se para de una vez, ellos revisan mi historial para ver si tengo la vacuna del tétanos.

El dedo deja de sangrar y todavía buscan. Revisan mi historial en su base de datos del ordenador, que empieza bastante después de mis vacunas infantiles y, por tanto, no constan. Buscan en mi expediente escrito, un cacho sobre verde con toda mi vida médica (gruesa como mi muñeca) desde los 16 años. Tampoco están ahí.

Me sonríen con cara de circunstancias, me preguntan lo que recuerdo y les cuento que la última vacuna que recuerdo es la de la rubeola, a los 12 años, que era inútil porque ya la había pasado y, encima, me provocó que la volviera a pasar. La cara de circunstancias empieza a patinarles jeta abajo y deciden llamar a Sanidad.

Tres minutos después ya sabemos que me pusieron una vacuna del tétanos en el 2001 (“¡oh, sí! cuando la nata con la moto”, rememoro) y que me faltan dos para tener el ciclo completo, por lo que me pinchan en el hombro derecho.

Me vuelven a revisar el dedo, ahora que ya no está cubierto de sangre, y dictaminan que no hacen falta puntos, pero que me pondrán esas tiritas que llaman puntos de papel para que el filete se quede pegado en su sitio y no de través o de picnic por los nudillos.

Me las ponen. Me miran el dedo con ojo crítico y deciden añadir un vendaje de gasa, flojito, pero que me tape la herida para evitar infecciones.

Me lo ponen. Me vuelven a mirar el dedo con ojo crítico y me comentan que le pondrán cinta adhesiva al vendaje para que no se mueva tanto.

Me la ponen. No contentos con su obra de arte, la miran y remiran otra vez y, de repente, chasquean el dedo. Ya saben lo que le falta: un calcetín de ésos de malla para asegurarlo todo.

Me lo ponen. Resultado: mi dedo parece el de ET, pero sin poderes alienígenas (si encuentro algún voluntario para hacerle una foto, la cuelgo aquí), los vendajes no pueden mojarse en al menos tres o cuatro días (¿y cómo coño me ducho?) y tengo que volver pasado mañana a que me miren el dedo otra vez (¿pa quéééé?, ¿no querrán patentar su trabajo? Porque el dedo es mío y me lo llevo, ¿eh?).

Accidente chorra donde los haya, vamos.

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1 comentario

  1. YoBorg said,

    A perro flaco todo son pulgas…

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