Mi primera manicura… Xispas

3 enero, 2010 at 11:48 (Autoescarnio, Cuenta...)

Pues sí, mi primera manicura.

En realidad, esto pasó el día de Nochebuena, durante los preparativos, pero hasta ahora no me había animado a contarlo, en seguida veréis por qué.

Eso sí, ante todo, creo que merezco vuestras felicitaciones, porque, por fin, después de taytantos años, ¡he conseguido dejar de morderme las uñas!… Y, si averiguáis cómo, me lo posteáis abajo, que yo aún no me lo explico.

Los hechos son simples: un día me di cuenta de que tenía las uñas intactas, sin morder, desde vete a saber cuánto tiempo. Bufé para mí y me burlé de mí misma. “A ver cuánto me dura esta vez”, recuerdo que pensé. Lo siguiente que ocurrió, relacionado con esto, claro, es que se me rompió una uña y yo, sin pensar siquiera, saqué el cortauñas y me arreglé el estropicio. Me estaba limando la uña cuando me di cuenta de lo que acababa de hacer y tuve una duda existencial: ¿quién era yo y qué había hecho conmigo misma? Luego me inflé de orgullo y fui a contárselo a mi madre, cual polluela que confiesa su primer amor sin saber todavía que esas cosas se hacen pero no se dicen.

Y esto fue por septiembre. No veáis mi sorpresa cuando llega diciembre y, aparte algún talado ocasional, mis uñas siguen intactas. OoooooOooh.

Así que, en Nochebuena, por supuesto, mis uñas tenían que lucir presentables: no sólo cortadas y limadas para ser utilizables sin resultar engorrosas, sino también sin pellejos, con las cutículas (¿se escribe así?) retiradas y bien pintadas (las uñas, no las cutículas)… De modo que me apresté a hacerme

MI PRIMERA MANICURA

Recordaba de mi infancia haber practicado manicuras a terceras personas, particularmente a mi madre y a mi madrina, así que no creí que la cosa fuera a ser tan complicada, dado que las dos siguen vivas y en buena salud.

Colonicé el cuarto de baño grande y realicé los preparativos: la palanganita con agua caliente para poner los dedos en remojo, la toallita de tela de las de toda la vida, los palitos de naranjo para quitar las cutículas, los alicates de manicura para los padrastros, el cortacutículas (cacharrito raro donde los haya), las tijeras, por supuesto, la lima, la crema hidratante y la laca de uñas. Me sentía Gulliver en tierras liliputienses, rodeada de esos cacharritos por todo mi alrededor.

Una vez preparado todo y con la mano derecha en remojo (soy diestra, así que me pareció prudente empezar por la derecha, así, si la jodía, no me quedaría con una mano manicurada y la otra no), me di cuenta de que había olvidado algo muy importante: ¡el material de lectura! Las baldosas del cuarto de baño pierden su interés después de los primero cinco segundos (ya no te digo si las has colocado tú), pero las cutículas tardan bastante más que eso en ablandarse. Mis neuronas empezaron a hiperventilar, ansiosas, buscando desesperadamente algo con lo que distraerse, sopas de letras, los cuentos mojables del baño de mi hija, ¡algo!

Lo único que encontré fue el pronto y admito para mi vergüenza que leí hasta los subtítulos de las fotos :-#… ¿Sabíais que Belén Esteban se ha hecho la estética para encontrarse atracativa en la presentación de las campanadas de Nochevieja?… Ehr, por cierto, ¿quién es Belén Esteban?

Bueno, una vez solucionado el estrés neurológico, pude satisfacer mi incipiente coquetería femenina a placer. Me remojé los dedos  el tiempo necesario, me aparté las cutículas con los palitos de naranjo, me corté los excesos de cutícula y los padrastros con las herramientas adecuadas (o eso creo, mis dedos siguen todos en su sitio*), me hidraté las manos y, finalmente, me pinté las uñas de un subido todo vermellón a juego con el pintalabios que usé esa noche.

Cuando contemplé mi obra, no pude dejar de sentirme orgullosa de ello y repetí la hazaña de contárselo corriendo a mi madre, enseñándole mi primera manicura (xispas!) realizada sobre mis propias manos, ¡por mis propias manos!, que me había quedado asombrosamente presentable, dada mi habilidad manual con la zurda o, para ser exactos, mi completa ausencia de habilidad manual con la susodicha mano. Mi madre, esta vez, estuvo a la altura y alabó mi trabajo con elocuencia, felicitándome varias veces por ello. Yo me revolqué impúdicamente en sus palabras mientras esperaba que la laca de uñas se secara de una vez.

Volví al baño, toda ufana, a contemplar el efecto de mis manos manicuradas una vez más, utilizando el espejo para conseguir una panorámica más general.

No pasé de la puerta.

Con una violentísima sensación de dejà vu, me quedé mirando aquello: el baño estaba tal cual el día que mi hermano pequeño se afeitó por primera vez… con ocho años y ni un puñetero pelo en la cara. Manchas de sangre, trozos de papel manchados por el suelo, el lavabo atascado, algodones, alcohol, tiritas…**, ***.

*¿los dedos de las dos manos suman diez en total,  no?

**Pude cenar con mis propias manos, no hace falta preocuparse por eso, y el psiquiatra me ha dicho que me ve muy bien y que en uno o dos años me dará el alta…

***Mi madre ha sobrevivido al desastre con sólo una pequeña crisis de ansiedad y un cabreo supino, antes de Nochevieja ya estaba de vuelta en casa.

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