La aventura del día

8 junio, 2010 at 16:28 (Autoescarnio, Paridas varias, Se parte...)

Pues sí. De vez en cuando, la gente tiene pequeñas aventurillas, tonterías que por un momento nos tienen con el alma en vilo y la garganta en un puño y, cuando ya han acabado, miramos para atrás y decimos “¡Bah! Hay que ver por qué cosas me histerizo yo sola, anda que…”. Pues es lo que me ha pasado a mí hoy.

Tenía yo la comida a medio hacer en el fuego (modo ama de casa on, es lo que tienen las vacaciones) y me da por mirar el reloj. ¡Aaaaarrrggghhhh! ¡Es la hora de recoger a Mini en el colegio!

Bajo el fuego al ḿínimo, le pongo el arnés a la perra corriendo, cojo la cartera para comprar un ingrediente con el que me había quedado corta, me pongo las gafas de sol y salgo zumbando.

No, no es que se dé por sentado que esas cosas se cogen, ¡me he dejado las llaves en casa! Y mis viejos están de crucero por el Mediterráneo (hoy hacen escala en Ajaccio, creo) y no tengo ningún vecino, ni amable ni borde, al que le hayamos dado una copia de las llaves por si nos encontramos alguna vez en esta situación.

Me encontraba en la calle, sin llaves y sin móvil (yo, cuando me olvido de las cosas, me olvido a lo grande), con Mini de la mano, la Rata Peluda de la correa y librada a mis recursos.

Entre otras cosas que me han venido bien para la situación, mi casa está en un primer piso con terrazas colindantes, con lo cual, si encontraba algún vecino en los pisos adecuados, podía saltar por las terrazas. En segundo lugar, la memoria, esa hija de la gran p*t* que a veces te la juega y a veces acude en tu socorro, como un pedo indeciso, me permitía recordar situaciones similares acaecidas en tiempos remotos (o sea, más o menos cuando yo tenía la edad de mi hija) y, cuando no, esas situaciones en que te escabulles de (o te cuelas en) casa, pero no por la puerta.

Ni corta ni perezosa, con mi cerebro intentando instaurar el estado de pánico fijando mi atención en las posibilidades macabras de una olla al fuego, llamo al portero automático de los vecinos. ¡Bingo! Estaban en casa y me han abierto.

Una vez arriba, llamo a los mismos vecinos, que son los de la puerta de al lado de la mía, y les pido si me dejan pasar a mi casa a través de su terraza. El vecino, mumajo él, que me mira con los ojos del tamaño de huevos cocidos, horrorizado:

-Pero, ¿cómo vas tú a saltar esa pared que es más alta que tú, mujer?

-Con práctica, vecino, con práctica. Yo me paseaba por los muros de tu casa cuando tú aún no vivías aquí, rey. No sabes las que hemos liado aquí los antiguos inquilinos y yo, jejeje.

El vecino, que se le estiran los rizos de golpe para poder ponérsele tiesos, me deja pasar.

Yo alecciono a Mini para que me espere en el rellano, sujetando bien a la Rata Peluda, que tiene tendencias cotillas y, aprovechándose de su tamaño tirando a enano, se escabulle del arnés y se cuela por todas partes. Entro en la casa del vecino y lo guío hasta la cocina, donde una vez, con los primerísimos inquilinos del piso, casi quemamos la casa entera, de críos, porque se nos ocurrió calentar la leche y aún no había microondas. Me meto en la coladuría, esquivo la ropa tendida y llego hasta el rincón donde su terraza y la mía se besan (guarras!).

Y, mira tú lo que son las cosas, resulta que le han puesto barrotes a la ventana de al lado (la del vecino, no os asustéis) y hasta me facilitan la escalada. Si es que son una monada.

En fin, que salto la pared y trato de abrir la ventana. La puerta no, porque sé que está echado el pestillo del otro lado y la única opción con la puerta sería romper el cristal. Como esa opción siempre existe, pruebo primero con las más o menos diplomáticas.

De entrada, la c*br*n* de la ventana no se quiere abrir ni a guantazos. No cierra bien y yo pensaba que sería coser y cantar, pero resulta que, precisamente porque no cierra bien, mi padre la ha castigado fijándola con el viejo truco de meter papelotes doblados entre el marco y las hojas de la ventana, para que no se muevan. Yo me he pensado muy seriamente lo de tirarle el bidé a los cristales y llamar a un cristalero más tarde, pero he reconocido la histeria en el pensamiento y he mirado a mi alrededor primero.

Husmeo entre las herramientas de mi padre, sin meterme mucho, porque yo te escalo una pared, pero, para escalar la de trastos que tenemos ahí, ni la Edurne Pasabán esa, oyes. Husmea que te husmearás, ¡ajajá!, un pie de rey con el larguero robusto y tirando a fino.

Me armo con mi pie de rey e introduzco sutilmente el larguero entre las hojas de la ventana.

-¡Mmmmppppffff! ¡Ggggggrrrrrrr! ¡Hmhmhmhmhm! ¡Ay!

Mi pobre espalda.

Después de aullar cual becerra para expresar el dolor de mis vértebras, sigo insistiendo en menear el pie de rey y, ¡tachán!, una de las hojas se mueve lo suficiente para que pueda introducir mis dedos y tirar.

El resto os lo podéis imaginar. Me subo en el bidé para poder subir hasta la ventana (que está un poco alta en relación a mis pies), abro del todo, meto un pie por la ventana, el otro me resbala en el bidé (y eso que está seco), entro por la ventana de cabeza, me hostio como no podía ser de otra manera, me cargo el perchero y el espejo del armario y acabo con la nariz metida en las deportivas de mi padre, con la intoxicación subsiguiente.

Cuando me recupero, tanto del batacazo como de la inhalación de gases nocivos, más o menos a cuatro patas voy hasta la puerta, recupero a Mini y la Rata Peluda y aviso a los vecinos de que ya he entrado, que no se preocupen.

Afortunadamente, mi padre tiene una bonita colección de bastones en el pasillo y he podido apoyarme en ellos para menearme hasta ahora, pero ya me estoy yendo para urgencias, o mi padre me romperá los bastones en la cabeza si me pilla usándolos, que son de coleccionista.

Si sobrevivo, ¡volveré!

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