… Es sooooooosa

6 agosto, 2010 at 20:33 (... No sabe si reír o llorar, Autoescarnio, Cuenta...)

Pues sí, soy sosa. Con ganas, para más inri.

Iremos por partes, como dijo mi amigo, Jack el Destripador. Para mí, la ropa es un adminículo con una función muy concreta: me protege de los elementos: frío, sol, lluvia y esas cosas que vienen con el clima, no haremos una lista exhaustiva. De paso, aunque esto ya sólo en verano, me protege de las multas por escándalo público. Por lo tanto, me ocupo más bien poco de mi vestuario.

Por supuesto, la ropa que uso me tiene que gustar, y debo admitir que los sacos de patatas no me sientan tan bien como a la Monroe.

Otra cosa que le exijo a mi ropa es que sea cómoda. Yo eso de ir encorsetada, sin poder ni respirar a gusto, tener que sentarse con cuidadín porque la falda se te sube y se te congela el culo, sin poder moverte como te apetece porque vas de diva y no queda bien y esas cosas, como que no. A mí dame ropa con la que me pueda mover a mis anchas, respirar como me dé la gana y sentarme ocupando el espacio que mi envergadura corporal requiere. Que una no mide metro setenta y tres de estatura (sin tacones) y casi cien de cadera para embutirse sí o sí en una talla 36 que se rompe si se me ocurre dar un paso.

En otro orden de cosas, a mi ropa también le exijo un precio. Vamos, que si me gusta y me resulta cómoda pero me tengo que dejar medio sueldo, no me la compro ni de coña. De hecho, el orden es el inverso: si me tengo que dejar medio sueldo, es que ni la miro, menos todavía se me ocurre probármela.

De resultas de eso, tengo tropecientas camisas, jerseys y camisetas de color negro, varios vaqueros, la mayoría también negros, tres o cuatro faldas, casi todas negras también, y para de contar. Casi como la Lina Morgan en la comedia aquella de “Vaya par de gemelas”, pero sólo casi. También le doy al blanco, al rojo y a los diversos tonos de la gama del morado, y no sólo por mi tendencia a los accidentes, también me visto de ese color.

En cuanto al calzado, en verano alpargatas de cuña y en invierno botas, y deportivas todo el año, con unos buenos calcetines de algodón que me chupen el sudor, que tengo unos pies agruyerados que no veas (y calzo un 41).

Vamos, que verme a mí, pongamos, con una falda plisada y un top o blusa a juego, zapatos de tacón, bolso de mano y demás complementos de tía mona, como mucho, en alguna boda (en una, de hecho, pero no quedaron registros para la posteridad, que yo sepa).

Lo malo de esto es que, a veces, una quiere vestirse para que su churry la mire y se derrita,  o su churry la mire e hinche pecho cual pollo dominante para fardar de tía curra al lado, o su churry la mire y le haga proposiciones deshonestas ipso-facto, o su churry la mire y se le eche encima cual energúmeno salido donde los haya. En otras palabras, a una, de vez en cuando, le gusta vestirse para gustar… Y no tengo ropa.

O sí, pero no tengo el don para combinarla. Por esta razón, el último sábado mi cuarto parecía un mercadillo.

Situación: tarde de preparación para cena de primos con churrys (y sin churrys, pero la mayoría íbamos con algún adlátere cogid@ del brazo). Yo había elegido una blusa de tirantes, escotada, negra por la espalda y con el delantero estampado, con cintura imperio (o sea, cogida debajo del pecho, que disimula las lorzas de la tripa), unos vaqueros y unos zapatitos de tacón bajo que me sientan así como bien además de serme cómodos.

Yo estaba vestida y maquillada ya (lo que hace una por amor, hay que ver) y me disponía a pintarme las uñas como toque final cuando llegaron, muy seguidos, El Enano con mi cuñada Funci, que venían a traer a mi sobrina Bicha para que se quedara con Mini en casa de los abuelos, y mi churry Waylan. A mi churry, todo hay que decirlo, le encanté nada más verme, pero también debo admitir que su opinión es, en el mejor de los casos, interesada y parcial. Funci, con más razón que un santo, me dijo que con los vaqueros me iba a asar. Y a mí no me quedó otra que darle la razón porque ya me estaba asando.

Así que nos fuimos las dos a mi cuarto, donde se nos unió mi madre después de encasquetarle las niñas al Abuelo, a ver cómo podíamos arreglar mi error con lo disponible en mi armario. Afortunadamente, una tiene familia, y algunos miembros femeninos hasta tienen buen gusto. Acerté con la blusa (que ya es algo, dado mi nivel irrisorio de habilidad para estos temas), pero lo del vaquero había que arreglarlo ya.

Primero elegí una falda vaquera, negra, que me realza el culo, la curva de la cadera y la línea de las piernas, y me la puse. Eso a mi Waylan le gustó todavía más, al menos por la sonrisa alelada que se le quedó cuando hice el paseíllo de prueba (hasta perdió el hilo de lo que hablaba con El Enano). Pero Funci y mi madre no estaban de acuerdo. La pega que yo le veía a la falda era que era un poco gruesa, pero, por lo demás,… ¡me hacía parecer una tía cañón, coño, qué exigentes se ponen!

Se mencionaron por un casual los pantalones piratas de vestir y yo tengo unos, obviamente, negros, pero estaban sin planchar. Mi madre sacó la plancha y Funci se puso manos a la obra (y eso que la oficial de primera de plancha soy yo, y no lo digo por que sí). Yo no me quejé porque tampoco está mal que a una la consientan, aunque sea por una presunción errónea de que una no puede ocuparse de sus asuntos solita… Bueno, vale, lo de elegir ropa se les da mejor a ellas, ¿contentos?

Pantalones planchados y puestos. La sonrisa de alelado ya era de un estilo muy Senbei Norimaki (aka Dr. Slump) y los brillitos de la boca parecían más babilla que dientes. Pero mi madre no se había pasado una hora y media haciéndome la pedicura con pintado de uñas incluido para que me pusiera zapatos cerrados. Tenía que ponerme zapatos abiertos y los que yo tengo, francamente, no pegan ni con cola con la ropa que llevaba. Había que elegir otros zapatos… que tampoco tengo.

Afortunadamente, el mes pasado, recién empezadas las rebajas, le hice un regalo a mi madre en forma de zapatos abiertos de tacón. No llevamos el mismo número, pero los había elegido grandes porque no encontrábamos de su número, así que me venían bien. Pa’ la saca.

A continuación, Funci, que iba muy sexy y muy elegante con un conjunto minicorto negro y escotado, se fijó en mi escote. No es que llevara un escote exagerado, es que el sujetador no realzaba lo suficiente lo que hay para realzar.

-Niña, por lo menos ponte un sujeta que te levante un poco las alegrías, ¿no?

Jo, Funci, que si no es una cosa es la otra. Siempre estamos igual.

-Pues claro que siempre estamos igual, como que nunca te arreglas, coño. Y, por eso, el día que te quieres arreglar, no sabes. ¿No me has pedido consejo? Pues al menos hazme caso.

-Ya, claro. Me vas a tener que dar un cursillo para vestir para salir.

-Se dice para vestir como un putón con clase. Y tú tranqui, que te daré el cursillo.

Le hice caso y saqué mi sujetador de “efecto anginas”. Dejo a la imaginación del lector el realce de mis alegrías, pero el resultado, sobre todo por los ojos de Waylan, que empezaron a hacer chiribitas, fue muy bueno.

Elegidos por fin la ropa y los zapatos, terminé de hacerme de una vez la uñas. Me quedaron un horror, aunque pasables si no te acercabas mucho, pero ya era hora de salir pitando, así que no podíamos entretenernos en más retoques. Salimos por pies, o por ruedas, según se mire, y comentando nuestros respectivos atuendos.

Le comenté a Waylan la idea del cursillo para aprender a vestir como un putón.

-¡Y yo se lo pago!

Jo, si luego el mérito se lo llevan otras, ya no tiene gracia. Sniff.

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1 comentario

  1. David said,

    Y lo sigo manteniendo, yo se lo pago, jajaja.

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